Europa continental está mostrando una lamentable incapacidad de entender el Brexit como una oportunidad histórica para repensar el proyecto europeo y abrir vías de solución al callejón sin salida en el que actualmente se encuentra la Unión Europea. “Br-exit” pudiera transformarse en “Br-entry”, en una reincorporación a un concepto de Europa que sea aceptable para el Reino Unido.

La relación del Reino Unido con Europa siempre ha sido especial. Los ingleses nunca quisieron formar parte del núcleo duro de la integración europea, y tenían razones para ello. Su relación con Europa fue ambigua desde el primer momento después de la guerra. Lo dijo Winston Churchill en 1953: “… estamos con Europa, pero no parte de ella…. Estamos vinculados, pero no absorbidos”.  Querían que Europa se uniera, colaboraban activamente para ello, pero nunca aceptaban trasladar poder soberano a instancias supranacionales. Y cuando alguna vez se veían obligados a hacerlo, siempre se reservaban la opción de salida (opt out).

Durante los primeros tres lustros después de la II Guerra Mundial, los británicos no sintieron que necesitaran Europa: la existencia de la Commonwealth y la relación especial con Estados Unidos les permitía mantenerse al margen. Pero cuando Europa empezó a progresar y Gran Bretaña se quedó rezagada económicamente, la actitud frente al proceso de integración europeo cambió y Harold Macmillan solicitó en 1961 formalmente la incorporación de su país a la Comunidad Económica Europea. El cambio de actitud, sin embargo, obedeció principalmente a motivos comerciales utilitarios, pero nunca se cuestionó la singularidad británica. El Reino Unido estaba únicamente interesado en la integración económica dentro de un mercado común de bienes, y no en una integración política que implicara cesión de soberanía. El Acta Única Europea y Tratado de Maastricht, sin embargo, fueron ese paso de más que terminó de abrir la brecha entre la Isla y el Continente. El libre movimiento de personas y sobre todo la moneda común implicaban un grado de integración que el Reino Unido nunca quiso. Pero al quedarse fuera de ella, los británicos sintieron que habían pasado a convertirse en ciudadanos europeos de segunda.

Muchas de las incomodidades británicas dentro de Europa, también las han sentido y sienten otros miembros de la Unión. Existe una tensión siempre presente entre las soberanías nacionales y los poderes comunitarios supranacionales. No se percibe que los procesos comunitarios de decisión tengan la legitimidad democrática mínima para suplantar los mecanismos nacionales de tomas de decisión. Se siente que las instancias comunitarias invaden espacios en contravención al principio de subsidiariedad. Y más recientemente, la angustia popular por el manejo de refugiados e inmigrantes en el contexto de fronteras internas abiertas ha puesto en duda la conveniencia de “tanta unión”. Durante mucho tiempo, antes del Brexit, el Reino Unido asumió el tácito liderazgo de estas voces que clamaban por el respeto de la subsidiariedad y de la diversidad.

La Unión Monetaria mostró durante los años de la crisis del euro la cara fea de una Europa cada vez más invasiva y totalitaria. La razón era muy simple: una moneda común no permite, por definición, diversidad en el manejo de la economía. A quien se desvíe hay que disciplinarlo para evitar el contagio hacia los demás. Esa tarea disciplinaria se la tomó Alemania para sí. En vez de asumir el papel de hegemón benevolente, actuó como poder coercitivo. Así es como Europa ha ido evolucionando hacia un espacio más centralizador e impositivo, menos democrático y menos flexible.

Lamentablemente, la moneda común no ha servido para unir más a Europa. Buena parte de las tensiones actuales se derivan de la existencia de ese marco monetario único y de las profundas divergencias entre los países sobre cómo dotarle de viabilidad. Estoy convencido de que la eurozona tiene que reconfigurarse antes de que sea tarde y termine en una ruptura caótica. De las cenizas del fracaso del euro debe surgir una nueva Unión Europea menos “totalitaria”, donde haya espacio para configuraciones más flexibles, donde mantengan una moneda común únicamente los países que realmente reúnan las condiciones para ello, donde puedan existir dos, tres “euros”. La moneda común ya no representará un riesgo existencial para todos los otros espacios y esferas de la Unión.

En el área económica-comercial pudieran convivir dos o más esferas de integración. Los que deseen permanecer dentro de la esfera interna actual de la UE, pueden hacerlo, pero otros países pueden formar parte de un área de integración comercial más “externa”, que no venga asociada a exigencias de integración en lo político, en los sistemas de bienestar social o en el libre movimiento de personas. En esta segunda esfera, países como el Reino Unido o Suiza pudieran sentirse cómodos.

La nueva Europa deberá tener un mínimo común denominador menos exigente y comprehensivo que el actual, y permitir una variedad de esferas de integración, de acuerdo a las preferencias y a los intereses nacionales. Las democracias nacionales retomarían el control de cuánta Europa quieren y a qué velocidad. Tendrían una paleta de opciones en la que decidirían si avanzar en instituciones comunes de seguridad y defensa, en esquemas “light” de coordinación de políticas monetario-financieras o en una unión monetaria. El nuevo lenguaje comunitario deberá hablar menos de uniformidad y más de alternativas, de flexibilidad o libre elección. En definitiva, una Europa que respete democráticamente su gran diversidad cultural, social y política. Lamentablemente, los órganos de la UE, en vez de entender las legítimas preocupaciones del Reino Unido y hacer esfuerzos por reinventarse, ha estado elevando el costo del Brexit para disuadir a otros países de seguir el camino británico. Grave error.

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