Esta no es una mera pregunta retórica. El tren de la integración europea pareciera no saber bien a dónde dirigirse. Visiones divergentes y fuerzas desintegradoras impiden la generación de consensos sobre lo que debería ser la nueva Europa: un nuevo proyecto ilusionante que sustituya al fraguado en el primer medio siglo y que ya ha perdido fuelle.

Empezaron a romperse las costuras de la UE cuando a comienzos de este siglo se incorporaron a ella 12 nuevos países, la mayoría de ellos provenientes del Este excomunista. Fue ingenuo pensar que un modelo de integración y gobernanza que pudo haber sido adecuado para la Europa originaria de los 6, y luego de los 9 o los 15, podía ser trasladado a la heterogénea unión de los 28. No solamente tenían los nuevos miembros un propósito meramente utilitario, sino que no compartían la historia ni la visión liberal que conforman el ADN de la Europa occidental.

Vino después la crisis del euro, que colocó al sistema institucional europeo en situación de máximo estrés. La gobernanza a través de instituciones basadas en reglas y consensos, con la Comisión Europea a la cabeza, dio paso a la discrecionalidad e improvisación de los jefes de Estado, reunidos en el Consejo Europeo, que prácticamente anuló la soberanía económica de los países abrumados por deuda y por bancas tambaleantes. Ni siquiera funcionó el tándem francoalemán que había sido históricamente el eje de la integración europea, ya que Alemania asumió el liderazgo, el cual ejerció de manera coercitiva y dogmática.

En vez de asumir las tareas de un “hegemón benevolente”, que de acuerdo a la teoría de la estabilidad hegemónica de Charles Kindleberger es esencial para la sobrevivencia de un sistema monetario integrado, Alemania denegó su corresponsabilidad sistémica, elaboró un diagnóstico equivocado de la crisis e impuso un recetario igualmente equivocado. La consecuencia fue que el euro estuvo a punto de perecer, si no hubiera sido por la intervención decisiva desde mediados de 2012 del Banco Central Europeo, que pasó a gerenciar la crisis por la vía monetaria.

Y vino luego la crisis de refugiados de 2015-2016, que derrumbó mitos tales como la capacidad de la UE de gestionar crisis políticas internas, la disciplina en el acatamiento de las normas, la solidaridad comunitaria y el supuesto liderazgo alemán. También terminó de darle impulso a los movimientos políticos antiglobalización y antieuropeos que venían gestándose desde la crisis del euro. Y fue también esta crisis la que inclinó probablemente la balanza del referéndum británico de 2016 y convirtió el esperado 48-52 en un 52-48 a favor del Brexit. Aunque necesario es decir que la semilla de la salida del Reino Unido de la UE estaba sembrada desde el mismo día de su incorporación a ella y que la aversión británica a ceder soberanía era y es compartida por otros miembros de la unión.

El reciente cabildeo para el nombramiento de las principales cabezas comunitarias ha puesto también en evidencia la falta de consensos sobre el tipo de Europa que se quiere. Lo relevante no es que Macron se haya impuesto sobre Merkel, sino que Alemania ha perdido el rumbo, ha fracasado en su liderazgo, y que Francia no tiene forma de llenar ese vacío. Por otra parte, las tensiones y diferencias Norte-Sur, Este-Oeste, liberales-populistas no son ya manejables dentro del viejo concepto de una Europa uniformada de un solo carril. El sueño de los “Estados Unidos de Europa” debe ser enterrado. La UE necesita reconducirse hacia un entramado plural y flexible, de múltiples esferas e intensidades de integración.

Un área que requiere atención urgente es la de la unión monetaria. Mientras no haya un hegemón benevolente dispuesto a darle viabilidad mediante esquemas de solidaridad (riesgo compartido), no hay forma de que una moneda común pueda sobrevivir entre países con culturas y modelos económicos tan divergentes. Alemania no está ganada para esa tarea. Ante el muy serio riesgo de ruptura caótica en la próxima crisis, es necesario preparar una reconfiguración ordenada de la eurozona, en la que solo países con economías compatibles se agrupen alrededor de monedas comunes. De esa reconfiguración emergerán dos o más “euros”, que luego buscarán coordinarse de manera flexible. Un problema peliagudo es decidir quién abandona primero el club del euro. Pretender que lo hagan los países con economías más débiles es lanzarlos al precipicio de los ataques especulativos. Racionalmente planteado, les correspondería a Alemania y a sus pares dar el primer paso y crear una nueva moneda que se corresponda con su modelo exportador, austero y eficiente. Hoy por hoy, sin embargo, este planteamiento es anatema en Alemania, pero la discusión debe darse antes de que una ruptura caótica genere tensiones que se lleven por delante décadas de avances de integración.

One thought on “¿Quo vadis, Europa?

  1. Estimado Miguel Ignacio. Te felicito por el excelente análisis y por lo oportuno de las recomendaciones que integras en este “paper”. Ojalá caiga en oídos fértiles. Saludos a la familia y un muy fuerte abrazo. Héctor Mantellini Oviedo.

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