Ha sorprendido gratamente la reciente declaración del ministro alemán de Finanzas Olaf Scholz en el Financial Times, anunciando que Alemania está dispuesta a discutir sobre nuevas bases la propuesta de una unión bancaria europea, algo a lo que ha estado antes negada. ¿Qué ha motivado este giro? Por sus palabras, parece que han sido razones políticas. Alemania está perdiendo aliados en Europa, en buena medida por su tozudez en asuntos como éste. El aislamiento se agravará cuando pierda un aliado tradicional a causa del Brexit. Por otra parte, Europa se va a quedar después del Brexit sin un centro financiero poderoso, como es la City londinense. Por si esto fuera poco, el hecho de que los grandes bancos europeos como Deutsche Bank o BNP Paribas estén perdiendo aceleradamente cuota de mercado en los negocios financieros mundiales, echa por tierra el sueño de que la UME pueda llegar a tener algún día una moneda y una banca que le permita hablar de tú a tú con EE.UU. o con China. Sin un sistema financiero unificado, difícilmente se puede hacer realidad ese sueño.

El aparente desbloqueo de este asunto por parte de Alemania reaviva la esperanza de que finalmente se abordará una pieza crucial de la arquitectura de la UME. Casi todo el mundo coincide, incluso los alemanes, en que sin unión bancaria el euro no tendrá estabilidad. No importa cuán diversas sean las causas de fondo para que un país entre en crisis, siempre el desenlace final destructivo adquirirá la forma de una crisis financiera y bancaria. Una unión bancaria con salvaguardas comunitarias le quitaría a las crisis su principal carga explosiva.

La UME ha logrado avanzar desde la crisis de 2010-2012 en dos de los tres pilares de una unión bancaria: un sistema comunitario de supervisión y unos mecanismos homogéneos de resolución (gestión) de quiebras bancarias. Falta, sin embargo, el tercer pilar de la garantía de depósitos del público para evitar situaciones de pánico cuando el sistema se tambalee. Aquí es donde Alemania y sus pares del norte de Europa han venido “arrastrando los pies”. Rechazan de plano asumir riesgos y cargas de sus indisciplinados socios del sur. Han trazado una línea roja irreductible: que cada país asuma los costos de la irresponsabilidad de sus gobiernos o de sus bancos. Si los miembros más débiles de la unión monetaria quieren gozar de una garantía comunitaria de depósitos, tendrán que reducir primero sustancialmente sus niveles de riesgo. Se preguntará el lector qué tiene eso de malo. Nada, en principio, mientras los países sean entes aislados. Pero si forman parte de una unión monetaria, el derrumbe del sistema financiero de un país conduciría inexorablemente a su salida de la unión o a que los otros miembros tengan que acudir a su rescate. Sólo algún esquema de soporte o garantía comunitaria impediría que la inestabilidad bancaria diera al traste con la unión monetaria.

Es un buen signo que Olaf Scholz haya puesto el tema sobre la mesa, pero no desprestigiemos el optimismo. Para empezar, no sabemos si el ministro Scholz habla en nombre de la coalición gobernante SPD-CDU/CSU o más bien a título personal en el contexto de su lucha por ser electo cabeza del SPD. En segundo lugar, los alemanes no son proclives a cambios drásticos de posición y así lo demuestra el ministro Scholz cuando ata su propuesta a unas condiciones que en el fondo reflejan que la posición alemana no ha cambiado apenas. Vuelve a insistir en que antes de compartir riesgos, hay que reducirlos (o desaparecerlos). No quiere, por ejemplo, que los bancos tengan en sus balances concentración de deuda soberana de sus propios países. Esto va a generar un rechazo frontal de países como Italia, España y Francia. No quiere tampoco que la garantía comunitaria de depósitos empiece a aplicarse antes de que los países del sur de Europa reduzcan el legado de cuentas incobrables que les dejó la crisis pasada. 

Tampoco el esquema de garantía propuesto es propiamente “comunitario”. Primero tendrían que agotarse los fondos de garantía nacionales antes de recurrir a un pote de recursos que se otorgarían como préstamos al país cuya banca está en problemas. Tal como quedó demostrado en la pasada crisis, poner la carga del rescate bancario sobre los hombros de los países afectados los colocaría en posición de insolvencia a los ojos de los mercados financieros, que no tardarían en convertir la crisis bancaria en una crisis gemela bancaria y soberana. Basten este par de detalles para poner los pies sobre la tierra respecto a un asunto al que todavía le queda un largo y arduo camino por recorrer.

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