Los ciudadanos europeos deben estar observando con desconcierto, y no poco desencanto, las negociaciones sobre los personajes que cubrirán las posiciones de liderazgo de las instituciones europeas por los próximos años. Esas largas sesiones hasta las madrugadas de trapicheo en el Consejo Europeo no son ciertamente nuevas: labrar compromisos es la esencia de la Unión Europea; lo nuevo y preocupante son los profundos desencuentros que esa incapacidad de entendimientos para cubrir las posiciones está revelando. Lo que está en juego no es si el candidato tal o cual reúne las credenciales para ocupar determinada posición, sino la nacionalidad o subregión que representa y el modelo de Europa que pretenderá llevar adelante. La lucha no es para defender el “ahora me toca a mí”, sino para impedir que se impongan determinadas visiones de otros.

Europa ha cambiado radicalmente en la década que estamos finalizando. Ya no existe ni la visión compartida sobre el tipo de comunidad deseada, ni los liderazgos que llevaron adelante el gran proyecto europeo. La crisis del euro, la crisis inmigratoria y el anti-globalismo populista/nacionalista han desgarrado a los europeos y han trastocado los equilibrios de poder.

Durante el primer medio siglo de vida de la comunidad europea todos estaban unidos alrededor de la idea de una “unión cada día más estrecha”. Francia mantenía un liderazgo político no disputado y Alemania cooperaba entusiastamente en pro de la integración como forma de ser readmitida en el concierto europeo e internacional. Ambos países contrajeron un “matrimonio de conveniencia”, una alianza que se convirtió en el motor de Europa. Tenían sus diferencias, pero siempre se ponían de acuerdo en un “quid pro quo” final.  Este equilibrio empezó a romperse a favor de Alemania con la reunificación de las dos Alemanias y terminó de hacerlo con la crisis del euro.

Alemania, sin embargo, no quiso asumir el liderazgo de Europa. Se negó a actuar como el “hegemón benevolente” que Kindleberger consideraba indispensable para la supervivencia de un sistema monetario integrado. Su cultura ordoliberal y su historia le impidieron asumir la responsabilidad de la tarea de estabilizar la eurozona, antes bien le echaron más leña al fuego de la crisis del euro.  Es esa misma cultura la que hoy en día le impide hacer lo que se debería hacer para darle viabilidad al euro. El dialogo entre Francia y Alemania, entre Macron y Merkel, se ha convertido en un diálogo de sordos.

Antes el Centro-Norte de Europa y el Sur Mediterráneo se agrupaban disciplinadamente detrás de los dos líderes. Ahora Holanda mantiene serias diferencias con Alemania e Italia las tiene con Francia, por poner dos ejemplos. A la grieta Norte-Sur se ha añadido la del Este y Oeste. Al interior de los países se ha roto también el consenso respecto a Europa. Definitivamente, nada es como solía ser en Europa.

Hace 10 años, si el demócrata-cristiano alemán Weber no hubiera podido asumir por cualquier motivo la presidencia de la Comisión Europea, hubiera sido “razonable” que su compatriota Jens Weidman fuera nombrado en la presidencia del BCE. Ya no más. Weidman –y Alemania– representan un modelo económico-monetario que es rechazado frontalmente por muchos de sus socios comunitarios. En el quid pro quo franco-alemán que dio origen al euro, Alemania impuso un orden monetario que luego resultó ser el el caballo de Troya que le dio la dominación en Europa. Al igual que, por otros motivos, el modelo exportador alemán, austero y eficiente, terminó por convertirse en el paradigma obligado e impuesto para los socios del Sur, cuyas economías estaban más basadas en el consumo interno y la distribución del ingreso. Hay resentimiento en estos países contra tal imposición, razón por la cual un candidato alemán para presidir el BCE no tenía posibilidad de ser elegido.

Después de descartar primeras y segundas opciones, Macro se sacó de la manga la carta escondida de Christine Lagarde para presidir el BCE. A pesar de que el Consejo de Gobernadores toma todas las decisiones importantes de política monetaria, la presidencia del BCE puede ser muy importante en tiempos de crisis severas. Lagarde es más una política que una técnica.  Es muy probable que al próximo presidente del BCE le toque tomar decisiones existenciales sobre el euro en algún momento. En el apogeo de la crisis de deuda soberana, Mario Draghi tuvo el coraje de hacer lo que era necesario para estabilizar la eurozona a falta de acciones eficientes por parte de los órganos comunitarios. Lagarde pudiera tener que actuar así otra vez, para lo cual le será útil su pasantía en el FMI como bombero mundial de las finanzas.

La presidencia de la Comisión Europea es también importante, sin duda, pero la vuelta al inter-gubernamentalismo que se produjo durante la crisis del euro ha convertido a ese organismo en un brazo ejecutor de las decisiones que se toman en el Consejo Europeo. Las discrepancias profundas sobre el tipo de unión europea que existen entre sus miembros han llevado a que la elección haya recaído en una figura de “tercera mejor opción”. Paradójicamente, la nominación de Ursula von der Leyen ha representado una victoria pírrica de Merkel, en la que se ha evidenciado la declinación de su poder en la escena europea. Si von der Leyen es ratificada por el Parlamento Europeo, ella no es la persona que tenga ni el liderazgo ni el soporte de sus propios compañeros de partido para sacar a Europa del impase en el que actualmente se encuentra.  Probablemente esto es lo que los líderes europeos tenían en mente cuando le dieron su voto: no agitemos las aguas, quedémonos donde estamos. Esta falta de acción será una receta segura para el surgimiento de nuevos problemas. A diferencia del pasado, el famoso dicho de Monnet de que “Europa se construirá en las crisis” no conducirá necesariamente a estadios de mayor integración europea. Lo contrario podrá más bien ocurrir.

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